La mañana llegó sin gloria. El cielo se cubría con nubes tan densas como las miradas que se cruzaban en el salón ejecutivo del último piso de la torre Cisneros. Un aroma a café recién hecho flotaba en el aire, pero no lograba suavizar la tensión espesa como alquitrán.
Montenegro, con su traje perfectamente planchado y su corbata de seda azul oscuro, tomaba pequeños sorbos de su taza con lentitud medida. A su lado, De la Vega revisaba algunos documentos, sus lentes resbalando por el puente de su