La mañana había traído consigo una niebla espesa, como si la ciudad misma presintiera que algo turbio iba a desatarse entre esas paredes. En la empresa Cisneros, los pasillos olían a tensión. El murmullo de los empleados era más bajo de lo normal, como si supieran, sin saber cómo, que se avecinaba una tormenta.
En la sala de juntas principal, los ventanales mostraban un cielo encapotado. Las luces de cristal sobre la larga mesa ovalada lanzaban destellos fríos, casi quirúrgicos. Adrián estaba d