Matrimonio en Cautiverio: Los Gemelos del CEO

Matrimonio en Cautiverio: Los Gemelos del CEOES

Romance
Última actualización: 2026-02-26
Renata Caglioni  En proceso
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Resumen
Índice

«Me robó a mis hijos mientras yo aún sangraba en la camilla de un hospital. Ahora he vuelto para robarle su imperio.» Hace cuatro años, el magnate Diego Walker obligó a su esposa a tomar una decisión imposible: su libertad o sus hijos. Rota, traicionada y bajo los efectos de la anestesia, Camila firmó su sentencia de exilio. Diego creyó que había ganado. Creyó que podía borrarla de la historia y criar a los gemelos, Leo y Sofía, como si su madre nunca hubiera existido. Se equivocó. Camila ha regresado a Madrid, pero ya no es la mujer sumisa que él desechó. Ahora es la accionista mayoritaria que tiene el destino de la empresa Walker en un puño de hierro envuelto en seda. Su venganza es perfecta, fría y letal... hasta que se cruza de nuevo con la mirada del único hombre capaz de incendiar su piel con un solo roce. Mientras la guerra estalla en la sala de juntas y el deseo tóxico resurge entre las cenizas del odio, un secreto amenaza con desarmarlos a ambos: el pequeño Leo, encerrado en un mutismo selectivo, ha comenzado a dibujar obsesivamente el rostro de una mujer que no debería recordar, susurrando a la oscuridad la única palabra prohibida en la mansión Walker: «Mamá». Él creyó que la tenía cautiva en el pasado. Ahora, él es el prisionero de su venganza. ¿Podrá el amor sobrevivir cuando el objetivo es la destrucción total?

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Capítulo 1

Lo Que Firmé

Hospital Universitario La Paz, Madrid. Hace cuatro años.

El desinfectante entró primero.

Antes de abrir los ojos, antes de recordar dónde estaba o por qué me ardía el vientre como si alguien hubiera pasado un hierro caliente por dentro, el olor del hospital me encontró. Limpio, penetrante, casi dulce. El olor de las cosas que se lavan para ocultar lo que sucede debajo.

Intenté moverme. El cuerpo no me obedeció. Tenía la cintura anestesiada hasta las costillas y la cabeza envuelta en una neblina blanca y espesa, como si alguien hubiera reemplazado mi cerebro con algodón húmedo. Por los bordes de la neblina, fragmentos: luces de quirófano. Una enfermera diciéndome que respirara. El frío del bisturí que no sentí pero que mi cuerpo adivinó. Y después, el sonido.

Dos voces.

Pequeñas. Débiles. Impacientes.

Mis hijos al otro lado de la puerta.

Intenté incorporarme y el dolor me clavó de vuelta contra la almohada. La herida de la cesárea pulsaba con una rabia sorda y metódica, y la bata de hospital estaba pegada al muslo con algo caliente y oscuro que traté de no nombrar. Cuatro horas de parto. Ocho de quirófano. Treinta y dos semanas de embarazo que nadie esperaba que llegaran tan lejos.

Pero llegaron. Los dos. Juntos.

Al otro lado de esa puerta, mis hijos respiraban.

Entonces él entró.

Diego Walker no hacía ruido al caminar. Nunca lo había hecho. Era una de esas cosas que aprendí de él en los tres años que compartimos la misma cama: que podía llenar una habitación entera sin levantar la voz ni arrastrar los pies, solo con esa gravedad que tenía, esa autoridad de hombre acostumbrado a que el mundo le haga sitio.

Entró. Cerró la puerta. Y la cerradura hizo un clic que todavía oigo en sueños.

Llevaba el traje de siempre. Azul marino. La corbata aflojada dos centímetros, como si hubiera tenido un día largo. Tenía el pelo ligeramente revuelto, el mentón tenso. Me miró desde la puerta con una expresión que yo no reconocí, y eso fue lo primero que me asustó. En tres años había visto a Diego furioso, tierno, distante, devastadoramente enamorado. Pero esta expresión era nueva. Esta era la cara de un hombre que ya ha tomado una decisión y solo ha venido a ejecutarla.

Se acercó a la cama. Sacó algo del interior del saco.

Un sobre. Y encima del sobre, un bolígrafo.

—Firma esto.

Su voz sonó igual que siempre. Grave. Tranquila. Imposible de descifrar. Las palabras cayeron en la habitación sin drama, sin disculpa, sin el mínimo temblor que podría haberme hecho creer que le costaba algo decirlas.

—¿Qué es? —pregunté. La anestesia me embotaba la lengua.

—Un acuerdo de renuncia a la custodia.

El algodón de mi cabeza tardó tres segundos en procesar las palabras. Tres segundos que me parecieron una vida entera.

—No —

No fue un grito. Apenas un susurro. Pero Diego escuchó.

—Camila.

—No. No. No voy a —

—Escúchame.

Se inclinó. Puso las manos a los lados de la almohada, una a cada lado de mi cabeza, y se acercó hasta que sus ojos grises llenaron mi campo de visión. Olía a colonia cara y a una cosa que yo solo podía llamar determinación.

—Firma — dijo en voz baja. Casi amable. Casi. —O haré que la empresa de tu familia quiebre antes de que salgas de este hospital. Y no tendrás ni siquiera el derecho de verlos.

Silencio.

Al otro lado de la puerta, mis hijos seguían llorando.

Ese llanto débil, ese sonido de pulmones diminutos luchando contra un mundo demasiado grande para ellos. Mi cuerpo lo reconocía. Mi cuerpo había pasado ocho meses construyendo esas voces célula a célula y las reconocía de la misma manera que reconocía mi propio latido: con algo anterior a la razón, algo que no necesitaba aprender porque siempre había estado ahí.

Diego puso el sobre sobre mi regazo. Encima, el bolígrafo.

Mis dedos temblaban. El índice. El pulgar. Un temblor pequeño y constante que empezó desde dentro, desde algún lugar por debajo del dolor de la herida, y que se extendió hacia afuera hasta que toda mi mano era un temblor.

Firmé.

No hubo resistencia heroica. No hubo escena. Firmé porque mi empresa familiar tenía dieciséis empleados. Firmé porque mi madre tenía sesenta y dos años y un corazón que ya había fallado una vez. Firmé porque Diego Walker siempre cumplía lo que prometía.

Y firmé porque al otro lado de esa puerta había dos personas que no habían pedido nacer en este desastre, y lo único que yo podía hacer por ellos en ese momento era que el mundo en el que crecieran tuviera aún algo de pie.

Diego tomó el documento. Lo revisó. Lo dobló. Lo guardó en el saco interior, junto al corazón, con el cuidado de quien guarda algo valioso.

Se incorporó.

Me miró un segundo más.

—Estarán bien — dijo.

Y se fue.

La puerta se cerró con el mismo clic de antes.

El llanto de mis hijos continuó dos minutos más. Después alguien los llevó a la sala de neonatos y el silencio fue total y absoluto, el silencio más cruel que he oído en mi vida: el silencio de una habitación donde un momento antes había dos voces y ahora no hay ninguna.

Me quedé mirando el techo. La anestesia empezaba a ceder. El dolor de la herida crecía con esa honestidad brutal del cuerpo que no sabe mentir.

Me clavé las uñas en la palma de la mano hasta que el dolor nuevo tapó el otro.

* * *

1.460 días después.

Madrid me golpeó antes de que abriera los ojos.

No fue el impacto de las ruedas contra el asfalto de Barajas. Fue algo más profundo, más animal: un tirón invisible en el centro exacto de mi cuerpo, justo sobre la cicatriz, como si un hilo me conectara a esta ciudad maldita y alguien acabara de tensar el carrete.

Mis hijos estaban a veinte kilómetros. Los sentí antes de pensarlos.

—Señora Vega, hemos aterrizado — dijo el asistente.

Abrí los ojos. Bajé la vista a mis manos. Las palmas tenían las medias lunas de siempre, las marcas que mis uñas llevaban cuatro años excavando.

Ahora mi firma valía el treinta y dos por ciento de su empresa.

Bajé la pasarela clavando los tacones en el asfalto como si quisiera romperle los dientes a la pista.

Mañana a las nueve, Diego Walker iba a mirarme a los ojos y descubrir que la mujer que intentó borrar había vuelto.

Y que traía la gasolina en la sangre.

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