Los días pasaron como una sombra espesa sobre la mansión Cisneros. La lluvia había cesado, pero el clima se mantuvo gris, nublado, como si el cielo se negara a sonreírle a alguien dentro de esas paredes. El jardín se veía descuidado, con las flores inclinadas hacia la tierra, vencidas por la humedad. Dentro, el aire era denso, enrarecido por el silencio acumulado y el eco de ausencias que ya no se podían llenar.
Alan no salía de su habitación desde el día en que lo destituyeron. Se había negado