El sonido seco de la puerta cerrándose resonó en el silencio del apartamento como una campana fúnebre. Maritza dejó caer las llaves en la repisa sin mirar, como si sus manos se movieran por inercia. Sus tacones resonaron sobre el piso de madera, marcando cada paso con una cadencia vacía, como si sus pies también arrastraran los recuerdos que intentaba enterrar desde hacía años.
La tenue luz del atardecer se colaba por las ventanas altas, tiñendo las paredes de un dorado melancólico. Todo olía a