Los minutos seguían pasando y Alan respiró hondo. Una, dos veces. Trató de mantener el control.
Pero algo dentro de él se rompía, se deshacía por dentro, como una represa agrietada que ya no podía contener la furia, la impotencia, el asco… el dolor.
Sus dedos temblaron sobre la carpeta. La arrastró hacia él con brusquedad y la arrojó al suelo.
El golpe seco hizo saltar algunos papeles que quedaron desparramados como los restos de su dignidad.
Se inclinó hacia adelante, con los codos sobre las p