El humo denso y acre, nacido del titanio derretido y la pólvora, flotaba en el despacho de Silas Cavendish como una niebla fúnebre. Las alarmas seguían aullando en la distancia, un coro de advertencias inútiles, pero dentro de esa habitación destrozada, el tiempo parecía haberse vuelto un fluido espeso.
Arthur Windsor-Windham estaba de pie sobre los restos humeantes de la puerta acorazada. Su respiración era errática, un jadeo húmedo que delataba el pánico subyacente bajo su furia. La pistola c