El tiempo, que durante cinco años había sido un enemigo implacable, un juez cruel que contaba los días de su separación, se había transformado finalmente en un aliado silencioso.
Habían pasado cuatro meses desde la primera noche que pasaron en la casa de Richmond sentados en el suelo comiendo pizza. En ese lapso, el invierno había cedido su agarre helado sobre Londres, permitiendo que los primeros brotes de la primavera comenzaran a pintar de verde el bosque privado que rodeaba su nuevo hogar.