La justicia tiene una coreografía brutal y carente de glamour. No hay música épica de fondo, ni discursos ensayados; solo hay luces fluorescentes que parpadean, el olor a desinfectante barato y el sonido sordo y definitivo de los sellos de tinta cayendo sobre los expedientes policiales.
Arthur Windsor-Windham experimentó esta coreografía en primera fila.
Apenas unas horas después del enfrentamiento en la Catedral de San Pablo, el Duque de Salisbury se encontraba sentado en una silla de acero at