Dorian
Cuando por fin llegamos a la isla no dudé ni un segundo: tenía que correr y rescatar a mi esposa como fuera. Aparcamos y, sin pensarlo, nos internamos en un bosque espeso. El crujir de hojas bajo mis botas, el olor a sal y humedad, todo me empujaba hacia adelante. Apenas dimos unos pasos, la calma se rompió: empezaron a lloviznar balas. Nos cubrimos, pero algo me hizo detenerme en seco.
—¡Maldita sea… miren! —grité, señalando hacia las copas—. Hay cámaras por todas partes.
Luces parpadea