CAPÍTULO 49

Dorian

Mientras Dominic, Gregorio y yo observábamos desde la distancia la isla donde se escondía aquel desalmado, el teléfono de Dominic comenzó a sonar. Él me entregó sus lentes sin apartar la vista de la pantalla, contestó con voz entrecortada:

—No te escucho… ¿dónde estás? —gritó, cada vez más preocupado.

La llamada se cortó. Intentó devolverla, pero ya no entraba señal. Gregorio y yo nos miramos, y lo único que salió de nuestros labios fue un seco:

—Maldita sea… algo está pasando.

El rostro
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