Dorian
Mientras Dominic, Gregorio y yo observábamos desde la distancia la isla donde se escondía aquel desalmado, el teléfono de Dominic comenzó a sonar. Él me entregó sus lentes sin apartar la vista de la pantalla, contestó con voz entrecortada:
—No te escucho… ¿dónde estás? —gritó, cada vez más preocupado.
La llamada se cortó. Intentó devolverla, pero ya no entraba señal. Gregorio y yo nos miramos, y lo único que salió de nuestros labios fue un seco:
—Maldita sea… algo está pasando.
El rostro