El estudio de Félix estaba inmerso en una oscuridad casi total, apenas perforada por la tenue luz que se colaba desde el pasillo cuando la puerta se abrió y se cerró. El silencio no era tranquilizador; tenía filo. El aire olía a una mezcla intensa y personal: madera antigua, el aroma a cuero del sillón y el rastro metálico de pólvora fresca. Luca empujó la puerta detrás de nosotros con el hombro, sellando el encierro voluntario en aquel espacio sin ventanas.
Cinco personas en un espacio cerrado