El salón de la Gala Francesco era una pecera de tiburones vestidos de Armani, y yo era la sirena bañada en esmeraldas que todos querían diseccionar. La música, un vals menor que sonaba a tragedia elegante, llenaba el espacio mientras Luca me hacía girar en la pista. Sus manos, grandes y cálidas, se movían con una posesividad que no intentaba ocultar, pero mi mente estaba a kilómetros de allí.
—Estás en otro planeta, ángel —susurró Luca, su aliento rozó mi oreja mientras me acercaba más de lo qu