Félix, con una precisión escalofriante, tomó el teléfono celular que contenía toda la evidencia de la traición y lo deslizó en el bolsillo interior de su saco. Su movimiento era el de un depredador que guarda su arma favorita. El gesto marcó el final de la conversación privada y el inicio de la caza.
Abrió la puerta apenas unos centímetros.
—Reúnan a todo el personal en la sala de reuniones de inmediato —ordenó, su voz transformada en esa cosa afilada y desprovista de emoción que cortaba el air