El Cadillac se detuvo frente a la escalinata de la mansión con un susurro de neumáticos sobre la grava que rompió el silencio sepulcral de la noche. Marco estaba allí, como siempre, y abrió la puerta trasera con una eficiencia mecánica. Félix salió primero; su mirada recorrió el rostro de su mano derecha con una frialdad gélida, un escáner que buscaba cualquier rastro de duda o traición que hiciera sangrar el honor de los Romanotti. Luca bajó después, ignorando la mano extendida de Marco con un