El salón de mármol y cristal nos recibió con una bofetada de luces y música clásica que contrastaba violentamente con la penumbra cargada de pecado del palco. Mis piernas se sentían como si estuvieran hechas de seda y Martini; el suelo parecía ondularse ligeramente bajo mis tacones, pero la mano de Félix en mi cintura era un ancla de acero que me mantenía en la tierra.
—Respira, Abigail —murmuró Félix cerca de mi oído—. Tienes los labios demasiado rojos y la mirada demasiado brillante. Cualquie