Félix no pronunció una sola palabra mientras subíamos las escaleras, pero su silencio era más elocuente que cualquier grito. Su mano seguía aferrando la mía, firme, cálida, sin soltarme, como si aún no estuviera convencido de que yo estaba completa, viva, intacta, después de la violenta irrupción en la planta baja. Cada paso que daba era tenso, contenido, eléctrico. Podía sentir el peso de su respiración contenida, el temblor invisible que trataba de ocultar, el residuo del miedo y la furia mez