—¿Abuelo? —susurré, y la palabra se sintió como una astilla de hielo atravesándome la garganta.
—Don Lorenzo para el resto del mundo, Abigail, pero para ti, solo el hombre que viene a reclamar lo que tu madre tiró a la basura —dijo, dando un paso hacia la luz de la luna.
Se veía frágil, pero sus ojos brillaban con una autoridad aterradora que parecía devorar la penumbra. Su bastón de empuñadura de plata golpeó el mármol del balcón, provocando un sonido seco que resonó en mi pecho como un veredi