El sonido de la porcelana destrozada me guio hacia la cocina. Era un lugar ridículamente grande, con una isla central de mármol que podía albergar una fiesta. El caos, en la forma de Luca Romanotti, estaba junto a la cafetera, mirando con una expresión de absoluto desconcierto los restos de lo que parecía haber sido una taza de café espresso.
—Esta cosa me odia —murmuró, pateando suavemente un fragmento de taza.
Llevaba un pijama gris oscuro, de esos que parecen demasiado cómodos para pertenecer