El estudio era mi santuario. Olía a papel viejo y a tinta, una contradicción deliciosa con el aire salado y el perfume caro a menta y tabaco que impregnaba el resto de la mansión Romanotti. La inspiración no era una musa gentil; era un par de demonios gemelos que se turnaban para azotarme la espalda con látigos de deseo y miedo.
Desde que Félix me había confinado, había pasado la noche entera en un estado febril. Escribía. Bebía café. Ignoraba la regla no escrita de que no debía salir del estud