Estaba en la habitación. Había tenido un arranque emocional. Tenía que calmarme. No podía ser que, después de cuatro años, aquella situación siguiera afectándome. Pero así era. Mi plan era simple: que nunca se diera cuenta de que aún dolía, de que la herida seguía abierta.
Minutos después, Alexander entró en la habitación. Su expresión indicaba que quería hablar, pero yo no. Me dirigí sin decir nada al baño. Necesitaba limpiarme las lágrimas que aún resbalaban por mi rostro. Frente al espejo,