volvería a firmar una y otra vez.
El sol se despedía lentamente en el horizonte, tiñendo el cielo del Caribe de tonos naranjas, rosados y dorados que parecían pintados a mano por algún artista celestial. El rumor del mar acariciaba la orilla, con olas suaves que se rompían en espuma blanca sobre la arena fina. El resort se extendía a lo lejos, elegante, con luces cálidas que comenzaban a encenderse, pero Anne y Alexander habían preferido caminar descalzos hasta un rincón apartado de la playa, buscando un instante solo para ello