La mansión de los Lewis Benson respiraba un silencio espeso, como si las paredes mismas guardaran secretos que se negaban a salir a la luz. En el despacho, bajo la penumbra de la tarde, una madre y un hijo se enfrentaban. Marie O’Farrel permanecía de pie, erguida junto al escritorio de caoba, mientras Jonah, con los ojos oscuros y cargados de reproche, se hallaba sentado en uno de los sillones de cuero. El aire era pesado, cargado de resentimiento.
—¿Por qué, madre? —rompió el silencio Jonah, c