Mundo ficciónIniciar sesiónEl despacho de Anderson olía a whisky añejado y tabaco recién apagado. Andrew entró sin llamar, con la misma soberbia que había heredado del lobo vestido de oveja.
El señor Anderson levantó la vista con un gesto irritado. —¿Te parece normal ignorar mis llamadas? —grito, golpeando el escritorio con los nudillos—. ¡Tenemos un acuerdo, Andrew!
Andrew se dejó caer en la silla frente a él, cruzando las piernas con calma provocadora. —No había nada importante que decir por teléfono —respondió con frialdad—. Aquí estoy. Ahora puedes decir lo que tengas que decir.
Anderson lo estudió por un largo momento. Esa calma, esa seguridad… no era algo que él hubiera enseñado. —Te estás confiando demasiado —escupió Anderson—. Esa niña, Paris, podría arruinarlo todo. Est







