Andrew regresó al mundo real un año después, cuando el internado cerró sus puertas para él de forma definitiva. No hubo despedidas emotivas ni discursos largos. Solo un diploma con honores, un apretón de manos correcto y la sensación amarga de que, pese a haberlo hecho todo bien, no había ningún lugar esperándolo con los brazos abiertos.
El internado había sido una jaula elegante. Fría. Exigente. Allí aprendió a sobrevivir sin afecto, a responder con silencio, a destacarse sin pedir reconocimie