Andrew cerró la maleta con un sonido en seco que resonó en la habitación como una sentencia. El cuarto que había ocupado durante años en la mansión Kayser jamás le perteneció del todo.
Las paredes eran impersonales, los muebles elegidos más por funcionalidad que por afecto. Nada allí hablaba de él, salvo una pequeña caja escondida al fondo del armario, donde guardaba documentos, recortes, anotaciones dispersas que había ido reuniendo en silencio: fragmentos de una identidad que nadie quiso expl