Paris frunció el ceño. Esa vibración insistente no era la de alguien irrelevante; reconocía el tono urgente cuando lo escuchaba. Andrew, sin embargo, dejó el teléfono escondido en su saco, como si fuera una simple molestia.
—Decías que no era importante… —murmuró ella, cruzándose de brazos para intentar encerrarse en sí misma, aunque su cuerpo traicionaba esa barrera con un sutil estremecimiento.
Andrew dio un paso hacia ella. Un solo paso, pero suficiente para que el aire cambiara de temperatura. —No lo es —susurró, inclinándose apenas, como si compartiera un secreto íntimo en vez de un asunto empresarial—. Nada que tenga más valor que lo que estamos hablando tú y yo.
El teléfono volvió a vibrar. Insistente. Casi furioso. Paris apretó la mandíbula. —¿Podría ser urgente? —dijo, intentando mantener la compostura.
Andrew sonrió con esa calma peligrosa que lo caracterizaba. —Créeme… —tomó el teléfono, vio el nombre de Anderson parpadeando otra vez, y presionó “rechazar llamada” con el pu