Andrew no esperó a que el eco de sus propias palabras se disipara. El movimiento fue rápido, robótico, medido. De la parte trasera de su cintura extrajo el arma que llevaba oculta desde que cruzó la puerta del despacho. El metal brilló apenas bajo la luz cálida de la lámpara, pero el frío que emanaba no era físico: era una promesa.
—¡Un solo grito! —advirtió, apuntando primero al señor Kayser y luego a su esposa—. Un solo movimiento en falso… y los mataré sin piedad. No me importará lo que suce