Andrew Kayser no conocía a Alejandro Helmont personalmente, y en la arquitectura de su desprecio, Alejandro no era más que un decorado, una figura de cartón piedra en el escenario que estaba a punto de incendiar. Ni falta le hacía conocerlo... todavía. Para Andrew, el mundo se dividía en dos categorías: los que eran obstáculos y los que eran deudas pendientes.
Desde el instante en que sus dedos cerraron el puño sobre el testamento de los Kayser, convirtiéndose en el soberano de una fortuna amas