El estruendo del disparo quedó suspendido en el aire como una campana rota. No fue dirigido a ninguno de ellos, pero el mensaje quedó claro. La bala se incrustó en la pared de mármol, astillando un borde pulido con décadas de ostentación. El eco se expandió por el despacho y luego murió lentamente, dejando un silencio más aterrador que el ruido.
Los Kayser se quedaron atónitos. El miedo era irreversible. Andrew no estaba jugando. Se había convertido en aquello que imaginó, pensó y trazó por uno