La partida de Isabelle Helmont ocurrió al amanecer, como si la luz del día fuera demasiado para tocar la sombra que se había convertido su vida. La luz era demasiado y podría dejar en evidencia su traición.
Se marchó sin mirar atrás, dejando en la puerta del hogar Helmont un aroma tenue de perfume y culpa sofocada. Tomó un taxi hacia la estación y luego desapareció en la carretera, lejos de Alejandro, lejos del matrimonio que había traicionado y lejos del hombre cuyo amor aún la sostenía sin saberlo.
Su vientre, apenas abultado, era un recordatorio ardiente de su error. Cada latido del pequeño dentro de ella le exigía avanzar, huir, esconderse. Sabía que no podía quedarse. No podía permitir que Alejandro descubriese la verdad. No podía arriesgarse a destruirlo con la revelación de que el hijo que esperaba era de Carl Anderson, su socio y su pecado más imperdonable.
Por eso viajó a otra ciudad, lejos de nombres, lejos de miradas, buscando silencio y anonimato. Un lugar donde pudiera da