La lluvia caía con furia sobre los ventanales de la mansión Rupert.
El sonido del agua golpeaba el cristal como si contuviera un lamento constante, como si la tierra misma presintiera el error que estaba por cometerse.
Entre la niebla, once figuras se acercaban a la entrada principal. Sus pasos eran pesados, llenos de rabia y de incertidumbre.
Andrew caminaba al frente, con el abrigo empapado y el rostro marcado por la determinación.
Su mandíbula tensa revelaba la lucha interna que libraba desd