Ionela avanzó por el sendero que conducía al embarcadero improvisado. El mar golpeaba con suavidad, como si también guardara silencio ante lo que estaba por pasar. La noche era espesa, húmeda, pesada; el cielo parecía un manto sin estrellas, como si el firmamento mismo temiera observar lo que se avecinaba.
Vladislav la observaba desde la distancia, con los brazos cruzados y la espalda rígida como piedra. Parecía un guardián condenado a mirar a aquellos que amaba marcharse una y otra vez. En est