La calle estaba inmóvil. Tan quieta que Ionela creyó, por un segundo eterno, que el tiempo se había detenido solo para ella. Christian continuaba de pie frente a la entrada del edificio de Adara, como si la hubiera estado esperando desde que el mundo naciera. Su sonrisa era una hoja afilada: fina, curva, cruel.
Ionela sintió que las manos se le enfriaban. El corazón le golpeaba como un tambor descontrolado.
Christian inclinó apenas la cabeza.
—No esperaba recibir visitas tan… insignificantes —m