La celebración estaba en su apogeo. El líder de la manada Drakos había reunido a todos sus miembros en la gran sala de la mansión, un lugar que se había convertido en un santuario para los lobos, donde sus aullidos y risas se mezclaban en una sinfonía única, celebrando la victoria, la unión y la fuerza de la familia. Las copas de vino, whisky y licor brillaban bajo la luz titilante de las llamas que danzaban en las chimeneas, mientras Ionela, con su sonrisa encantadora y su presencia magnética,