La noche se cernía sobre el bosque alrededor de la casa de Vladislav como un manto oscuro, denso y cargado de presagios. Cada rincón de la ciudad parecía haber quedado suspendido en el tiempo, como si toda la naturaleza contuviera la respiración, aguardando lo que estaba por suceder. El viento, arrastrado por fuerzas invisibles, recorría las copas de los árboles, como si las propias raíces de la tierra se alzaran al ritmo de un llamado ancestral. Su aliento traía consigo un aroma a tierra húmed