La noche se había desvanecido en un amanecer gris, cargado de presagios.
Entre las montañas, la bruma se deslizaba como un manto de susurros, cubriendo las tierras élficas con un silencio expectante.
Eryndor caminaba delante, su túnica blanca apenas rozaba el suelo, guiando a Adara y Vladislav.
—¿Hacia dónde vamos? —preguntó Vladislav en un tono de voz cargado de desconfianza.
—Hacia la cámara sagrada —respondió el elfo.
Aunque Adara ni Vladislav sabía que lugar era ese ni a qué se podrían enf