El silencio en las ruinas se volvió espeso, casi físico. Adara caminaba unos metros por delante, observando los símbolos tallados en las columnas caídas, mientras Vladislav permanecía inmóvil, sintiendo cómo la energía del lugar se arremolinaba a su alrededor.
Era una sensación conocida… la misma vibración que precedía a las tormentas, o a las batallas que cambiaban el destino de una manada.
Pero esta vez, no provenía del bosque ni de la magia de Eryndor. Era de él.
O, más bien, de lo que lo ha