Vladislav observaba el horizonte desde el amplio ventanal de su despacho, mientras el sol apenas se asomaba entre las nubes densas. El ruido de la ciudad llegaba a sus oídos apenas en un tono apagado, casi irrelevante para alguien que llevaba su ritmo de vida. Sabía que el caos, como una sombra, siempre estaba al acecho. Era algo que le resultaba natural, pero no en ese instante. En ese momento sentía que las piezas en su vida parecían moverse por su cuenta, sin que él pudiera controlarlas. La