Elia despertó antes del primer canto de los pájaros. El silencio era tan espeso que casi podía partirse con los dedos. La cabaña aún estaba sumida en penumbra, y el aire tenía ese aroma entre rocío y madera dormida que solo ocurre en las madrugadas donde el mundo parece esperar algo. Se sentó con lentitud. No por cansancio, sino por reverencia. Sabía que el día no era cualquier día: algo terminaría y comenzaría a la vez.
Mientras caminaban hacia el claro, Elia recordó las voces que ya no escuch