La niebla de la mañana se alzaba lenta, como si dudara en soltar el sueño que había envuelto la noche. Elia despertó con una sensación leve en la espalda, como si la tierra misma la hubiera sostenido mientras dormía. Se incorporó sin prisa, dejando que el cuerpo recordara por sí mismo los gestos del despertar. La ventana filtraba un haz de luz oblicua que tocaba su cuaderno cerrado, reposando sobre la mesa como un corazón paciente.
Afuera, el bosque tenía un tono nuevo. No era diferente por el