Antes de retirar la tela que cubría el Cuaderno Mayor, Elia cerró los ojos y apoyó ambas manos sobre la corteza. Respiró profundo. Sintió cómo su pecho se alineaba con el pulso de la tierra. Su espalda se erguía no por orgullo, sino por reconocimiento. Sabía que no se trataba de leer. Se trataba de ofrecer presencia. Sus pies, firmes sobre la tierra húmeda, sentían una vibración tenue, como un eco antiguo que subía por sus piernas.
La cubierta del Cuaderno tenía vetas nuevas, como si el tiempo