La lluvia había comenzado sin aviso. No era tormenta ni llovizna: era una caída serena, rítmica, como si el cielo lavara con cuidado lo que había sido revelado. Al tocar las piedras cálidas del umbral, el agua generaba un tenue vapor, como si los susurros antiguos del bosque se soltaran por fin.
Elia extendió la mano fuera de la ventana de la cabaña y sintió las gotas frías como dedos antiguos tocando su palma. No eran ajenas. Tampoco nuevas. Cada una parecía cargar un fragmento de historia. Co