El primer rayo del amanecer no rompía el silencio: lo acompañaba. En el claro donde la noche había sellado un pacto sin palabras, Elia y Riven despertaban sin haberse dormido del todo. La tierra conservaba el calor de sus cuerpos, y la espiral en el centro seguía marcada como una herida que no sangra pero sigue hablando.
El entorno parecía distinto. Las hojas tenían un brillo húmedo, casi plateado, y un aroma nuevo flotaba en el aire: mezcla de resina, tierra mojada y algo indefinible, como un