El día amaneció con una bruma suave que se enredaba entre los árboles como si el bosque respirara más lento. Las hojas no crujían. El viento no cantaba. Todo estaba en una pausa viva. La bruma olía a piedra mojada y savia fresca, y parecía absorber los sonidos, volviendo cada paso un susurro contenido. Elia salió de la cabaña con el cuaderno en la mano y la raíz tallada envuelta en su tela. Su piel vibraba con una electricidad leve, como si la atmósfera le rozara el alma. Riven la siguió sin de