La hoja plateada descansaba sobre la mesa de madera, aún tibia al tacto. Elia no había dormido. La luz pálida del amanecer filtraba apenas entre las rendijas de la cabaña. Cada sombra parecía más alargada, más consciente.
Incluso el fuego crepitaba distinto, como si se negara a romper el silencio con su canto habitual. Era una mañana sin nombre, pero con memoria. Una que aún no se atrevía a hablar. Como si la noche no se hubiera ido del todo, solo hubiera cambiado de forma.
—No puedes cargarla