El bosque respiraba distinto esa mañana, como si cada hoja exhalara una advertencia. Elia caminaba no con prisa, sino con certeza, siguiendo una intuición que no nacía en sus pensamientos, sino en sus huesos. Lena y Riven iban detrás, no como guías, sino como testigos de algo que ya no les pertenecía. El colgante sobre su pecho pulsaba con un ritmo ancestral, alineado con la runa y con una voluntad que parecía despertar en las raíces mismas del mundo.
Frente al fresno viejo, el mismo que días a