La mañana siguiente trajo una quietud extraña. El bosque parecía contener el aliento, como si supiera que lo ocurrido la noche anterior no era un rito más, sino el principio de una alteración irreversible. Elia despertó antes del amanecer. La hoja plateada seguía tibia junto a su cama, y la runa de su esternón latía con suavidad, como si soñara en silencio.
A veces, Elia creía que la runa no era una marca. Era una herida antigua, reabierta con propósito. No dolía. Pero sí exigía.
No era una paz