Elia llegó a la cabaña cuando el cielo comenzaba a teñirse de púrpura. El viaje de regreso desde el Claro Espejado no había sido largo en distancia, pero sí en peso. Cada paso parecía arrastrar ecos del bosque, del fuego y de las visiones. Y aún más: sentía que alguien —o algo— la había seguido hasta las afueras del pueblo. La pluma plateada que guardaba en el bolsillo interior de su capa no pesaba, pero su significado sí.
Lena la esperaba en la entrada. Se acercó, como si fuera a abrazarla, pe