Elia salió del Claro Espejado cuando el sol comenzaba a descender entre las copas de los árboles, proyectando sombras largas que parecían estirarse hacia ella, como si quisieran detenerla o, tal vez, tocar la nueva runa que brillaba en su brazo.
La marca seguía tibia, como un latido tranquilo. No ardía, pero estaba viva. A cada paso que daba, sentía el fuego lunar susurrar desde dentro, no con palabras, sino con intuiciones: gira aquí, detente, respira. Era como si el bosque hablara a través de